Roma cambió la genética de Hispania más que los suevos, alanos y visigodos


Los pueblos germánicos dejaron huella genética, sobre todo en las élites, pero sin sustituir a los hispanorromanos


Categoría: INVESTIGACIONES

A comienzos del siglo V, una mujer de alto rango fue enterrada junto a una antigua posta de la Vía Augusta, en la actual provincia de Castellón, con un vaso de vidrio y dos alfileres de oro de tradición danubiana y su hermano, acabó sus días en Mérida, la romana Augusta Emerita, a unos 725 kilómetros de distancia, según nuevas investigaciones porque el ADN de ambos, analizado por un equipo internacional, indica que eran hermanos y que descendían por completo de poblaciones de la Europa central y septentrional, de modo que probablemente fueron migrantes de primera generación. 

 

Según los autores, es la mayor distancia registrada entre dos parientes de primer grado en la arqueogenética y el caso que ocupaba hasta ahora ese puesto es el de dos individuos de la Edad del Cobre, separados por 5 kilómetros en el sur de Inglaterra.

 

La pareja, es la historia más llamativa de un trabajo mucho más amplio, publicado en la revista Cell y firmado, entre otros muchos coautores, por Pablo Carrión, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, Iñigo Olalde, de la Universidad del País Vasco (EHU) e Ikerbasque, Carles Lalueza-Fox, director del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, y David Reich, de la Universidad de Harvard.

 

El equipo, secuenció el genoma de 243 personas procedentes de 31 yacimientos de la península y lo comparó con el de otros 58 individuos ya publicados y su conclusión principal es que fue la Romanización y no la llegada de los pueblos germánicos, la que más cambió a la población.

 

Cuándo cambia la cultura y cuándo cambia la gente: Hispania fue una de las primeras grandes conquistas de Roma fuera de Italia, ya que las legiones, llegaron a finales del siglo III a.C., durante la Segunda Guerra Púnica, y Escipión fundó Itálica en 206 a.C. para alojar a sus veteranos, mientras que las últimas tribus independientes del noroeste, se sometieron en las guerras cántabras de Augusto. 

 

Además, a comienzos de nuestra era, todas las lenguas prerromanas de la península, con la excepción del Protovasco, habían desaparecido a favor del Latín y la provincia, ya daba emperadores como Trajano, Adriano o Teodosio I.

 

Siglos después, en el 409, con el poder romano en retirada, entraron Alanos, vándalos y Suevos y los Suevos, fundaron un reino en el noroeste que duró hasta el 585, mientras que Vándalos y Alanos, cruzaron el estrecho de Gibraltar hacia el norte de África, y el reino visigodo, ya consolidado en 507, gobernó hasta la conquista musulmana del siglo VIII, con un sistema legal híbrido, muy influido por el derecho romano.

 

La duda es evidente: un cambio de lengua, de leyes y de reyes no implica de modo obligatorio, que cambie la población que vive bajo ellos, ya que las estimaciones históricas, hablan de unos 100.000 visigodos y 20.000 entre vándalos, alanos y suevos, frente a unos 4 millones de habitantes locales, aunque hasta ahora, nadie había comprobado esas cifras con genomas, y la península era un hueco en el mapa mientras Roma, Gran Bretaña y los Balcanes ya contaban con estudios de ADN antiguo.

 

Un mosaico con piezas de Anatolia y del norte de África: el ADN antiguo, permite ver de dónde proceden los antepasados de cada persona, lo que los genetistas llaman ascendencia. 

 

Las 24 personas de la Edad del Hierro peninsular con datos de calidad se parecen bastante entre sí, mientras que las de época romana, en cambio, se dispersan por todo el mapa genético: solo 6 de 66 podían explicarse como descendientes exclusivos de esa población local.

 

El resto llevaba mezclas: cincuenta y cinco de esas 66 personas, es decir el 83 por ciento, cargaban con ascendencia del Mediterráneo oriental, la que identifica a las poblaciones de la costa occidental de Anatolia, en la actual Turquía y a grandes ciudades imperiales como Éfeso, Pérgamo, Esmirna o Antioquía, mientras que también aparece con linajes paternos nuevos, que no existían en la península antes de Roma.

 

En el valle del Ebro y en el sureste, ese componente rondaba un tercio del total de cada individuo, mientras que en Mérida era bastante menor y a diferencia de lo que ocurre en Roma o en la frontera del Danubio, donde hay personas de origen oriental íntegro, en Hispania casi siempre se presenta mezclado con la población local.

 

Sorprende más lo que falta: las colonias como Itálica o Mérida acogieron a veteranos y colonos venidos de Italia, y sin embargo solo 8 de los 269 individuos romanos y tardoantiguos con ADN utilizable muestran ascendencia claramente italiana, en un patrón que se repite en los Balcanes y, en parte, en la propia Roma, donde predominó la ascendencia oriental, por lo que para los autores, fueron las poblaciones del Mediterráneo oriental el principal motor demográfico del movimiento de personas en la época imperial.

 

Hay un hueco en el registro, que conviene tener presente: entre el 200 a.C. y el 200 d.C. se incineraba de manera habitual a los muertos, de modo que casi no sobrevive ADN de esos siglos, y los datos no permiten distinguir si esos migrantes llegaron de manera directa de Oriente, pasaron antes por Roma o hicieron ambas cosas. 

 

El último individuo plenamente oriental del estudio, enterrado en Les Goges, Girona, a finales del siglo VII, sugiere que los vínculos con el Mediterráneo no se cortaron con el imperio, algo que los autores atribuyen a la influencia bizantina o a los omeyas.

 

El Estrecho se estrecha: África llega a Hispania: el otro gran aporte romano, es norteafricana, ya que en los yacimientos del sur analizados, 33 de 34 personas de época romana tenían ascendencia norteafricana, con una media de en torno al 27 por ciento y en el sureste de la península aparece también en casi todos los individuos de los siete yacimientos tardoantiguos, mientras que al norte, la señal se diluye, pero llega hasta Tarraco, donde es más intensa que en el resto del nordeste y el estudio detecta, además, más linajes maternos y paternos de origen africano que antes de Roma.

 

Los autores afirman que, bajo Roma, las dos orillas del Estrecho quedaron genéticamente más próximas que nunca. Lo que no pueden decir es si el movimiento era de ida y vuelta, algo que solo podrá comprobarse con genomas del norte de África romano.

 

Uno de los yacimientos más ricos en datos es la basílica del Cortijo Coracho, cerca de Lucena, en la Córdoba española, un cementerio cristiano de los siglos IV y V, donde se analizaron 31 individuos, y con una sola excepción todos tenían ascendencia norteafricana, de los que más de la mitad, pertenecía a una misma familia extensa reconstruida a lo largo de cuatro generaciones.

 

Los autores lo interpretan con cautela, como la imagen de una comunidad cristiana muy cohesionada y de ascendencia norteafricana y recuerdan que Cartago “tuvo un papel clave en la traducción del cristianismo al latín mucho antes que Roma. Sería, apuntan, un indicio de que la nueva religión pudo viajar con las personas.

 

Los germanos: ricos en tumbas, minoritarios en genes: a partir del siglo V el panorama cambia, aunque menos de lo que sugiere la historia política y entre los 164 individuos de la época de las migraciones, 53 es decir el 32 por ciento, tienen ascendencia centroeuropea o nórdica, frente a 6 de 66 en época romana, por lo que el aporte germánico al conjunto se sitúa, según la región y el contexto social, entre el 12 y el 22 por ciento, por lo que Reich señala “encontramos migración y nuevas ascendencias, pero no una sustitución de la población”.

 

El mapa interno de la península lo cuenta mejor: en la necrópolis de Pla de l’Horta, en Sarrià de Ter, en Girona, cuatro de los 26 individuos con datos de calidad eran de origen centroeuropeo en su totalidad y otros nueve tenían una parte importante, pero dieciséis no mostraban rastro germánico alguno, aunque algunas tumbas contuvieran objetos de esa tradición.

 

Los cementerios con ajuares de tradición germánica concentran a los recién llegados: 29 de 52 tumbas tenían esa ascendencia, y varias con signos de alto estatus, lo que concuerda con una invasión de élites que se mezclaron poco a poco con los locales y la conversión del rey Recaredo, al catolicismo en 589, pudo facilitar los matrimonios mixtos, pero los autores señalan que ya había individuos mezclados antes de esa fecha.

 

Entre los hallazgos de Mérida, están las llamadas Princesas Suevas: tres mujeres muy jóvenes, enterradas con oro y plata de origen pontodanubiano y elbano, a las que se habían considerado miembros de una élite llegada de fuera, pero la nota del Instituto de Biología Evolutiva indica que una de ellas tenía ascendencia local, lo que apunta a alianzas matrimoniales con familias hispanorromanas. 

 

Su muerte, en un mismo periodo podría estar relacionada, según los autores, con las tensiones políticas entre los reinos suevo y visigodo por lo que Carrión explica “Una identidad de grupos migrantes (…) no implicaba necesariamente un origen extranjero”.

 

Por la calzada hasta Mérida: la mujer, de esos hermanos, fue enterrada en Ildum, en una de esas posadas oficiales del imperio donde descansaban funcionarios y mensajeros y se cambiaban los caballos, que se levantó hacia los años 15-7 a.C., cuando se construyó la Vía Augusta, que se abandonó en el siglo V o VI y estaba a medio camino entre Dertosa (Tortosa) y Saguntum (Sagunto) en una calzada que unía Gades (Cádiz) con los Pirineos.

 

Según el simulador de viajes ORBIS, de la Universidad de Stanford, que los autores usan como referencia, ir de Ildum a Mérida a pie llevaba unos 24 días, y unos 14 a caballo para las personas de alto estatus y los investigadores, plantean que “la mujer pudo morir durante una migración hacia el sur, mientras su hermano seguía hasta Mérida, aunque la ruta exacta sigue sin conocerse”.

 

Los análisis de isótopos, que miden la huella química del lugar donde se vivió, podrían aclararlo y Olalde explica “No observamos solo cambios en las frecuencias genéticas; identificamos familias que se desplazaron a través de una península todavía conectada por las infraestructuras del Imperio romano”.

 

Lo que falta saber: los iberos de la Antigüedad tardía, eran desde lo genético, más variados que los españoles de hoy, aunque los modelos de los autores no logran explicar a la población actual a partir de las fuentes de aquel periodo, lo que indica que la composición genética volvió a transformarse en la Edad Media y después, entre los movimientos de población de la Reconquista, el repoblamiento desde el norte y las conquistas islámicas, pero el norte de la península y el norte de África, están poco muestreados y el registro de ADN medieval, es escaso.

 

Lalueza-Fox, que recuerda que los futuros estudios medievales tendrán derivadas en ámbitos históricos, culturales e incluso políticos, no esconde la limitación, ya que queda por saber, cuándo y cómo el mosaico de la Hispania romana, con sus ancestros de Anatolia, del Magreb y de la Edad del Hierro, se convirtió en la población que vive hoy en la península.

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